
Los médicos de todo el país se enfrentan a una paradoja nacida de una atención bienintencionada. El dolor -una vez aclamado como el«quinto signo vital«- se trataba rutinariamente con opiáceos como intervención de primera línea. Esa práctica alimentó una trágica escalada de abuso y dependencia, que culminará con más de 80.000 muertes relacionadas con los opiáceos en EE.UU. en 2023(CDC).
Los médicos de hoy en día tienen un doble mandato: aliviar el sufrimiento real y, al mismo tiempo, protegerse de la adicción que el sector sanitario ayudó a propagar. Reconocer a tiempo el trastorno por consumo de opiáceos (TCO) es fundamental: señales como el aumento de las peticiones de dosis, los síntomas de abstinencia, la búsqueda de médicos y el deterioro de la función pueden indicar que un paciente está entrando en territorio peligroso. Si no se controla, la adicción reconfigura las vías de recompensa del cerebro, por lo que la prevención es mucho más eficaz que la cura.
Esta crisis ha catalizado un cambio fundamental en la atención al dolor. La monoterapia con opiáceos ya no es la opción por defecto. En su lugar, se está imponiendo un paradigma multimodal centrado en el paciente, que combina opciones farmacológicas, terapias físicas, intervenciones conductuales y procedimientos mínimamente invasivos. En este nuevo modelo, tratar el dolor significa tratar a la persona en su totalidad, no sólo el síntoma.
Los hospitales también están adoptando cada vez más los Servicios Transitorios del Dolor (STD ), programas especializados diseñados para identificar y tratar a los pacientes con alto riesgo de sufrir dolor tras una intervención quirúrgica. Entre ellos se encuentran las personas con dolor crónico, las que siguen un tratamiento prolongado con opiáceos y los pacientes con antecedentes de trastornos por consumo de sustancias. Los programas TPS tienden un puente entre la atención postoperatoria aguda y el tratamiento del dolor a largo plazo, con el fin de prevenir la aparición de dolor crónico y reducir la dependencia de los opiáceos.
Técnicas de tratamiento del dolor para reducir las molestias
Los enfoques modernos del tratamiento del dolor crónico hacen hincapié en primer lugar en las estrategias no opiáceas, lo que refleja tanto las pruebas clínicas como la experiencia de los médicos. Como señaló un médico de medicina interna de Nigeria, «el tratamiento eficaz del dolor es un aspecto muy difícil de la medicina, teniendo en cuenta el riesgo de dependencia de los opiáceos. El tratamiento con opiáceos es más fácil de aplicar cuando los pacientes tienen una enfermedad terminal que puede pronosticarse adecuadamente, no así con enfermedades de las que se espera que los pacientes se recuperen.» Esta perspectiva subraya por qué los médicos recurren cada vez más a enfoques integrados y no farmacológicos para los pacientes con afecciones crónicas o recuperables.
De este cambio se hace eco una encuesta reciente de Sermo, basada en un sondeo de muestra reducida:
- Casi la mitad de los médicos (47%) afirmaron que los enfoques multimodales de tratamiento del dolor son los que mejor equilibran el alivio del dolor con el riesgo de adicción.
- El 31% estaba a favor de combinar unas directrices de prescripción más estrictas con un acceso más amplio a terapias no opiáceas, mientras que cohortes más pequeñas hacían hincapié en cada estrategia por separado, ya fuera una prescripción más estricta o la ampliación de las opciones no opiáceas.
Estos resultados subrayan un claro consenso: los médicos ven el futuro de la atención al dolor como algo estratificado, integrador y centrado en el paciente, en lugar de depender de una única intervención.
Cada una de las técnicas siguientes -empezando por métodos sencillos y accesibles, como la terapia con calor y frío- representa los elementos básicos de un plan multimodal de tratamiento del dolor, y ofrece opciones basadas en pruebas sobre cómo reducir el dolor y las molestias al tiempo que se proporciona un alivio eficaz y de bajo riesgo, ilustrando cómo las estrategias no opiáceas pueden transformar la atención al paciente.
Aplicar calor o frío
El alivio natural del dolor empieza con técnicas sencillas y caseras, como la terapia de calor y frío, sin necesidad de recetas. La terapia con calor aumenta el flujo sanguíneo, reduce la rigidez y relaja los músculos, mientras que la terapia con frío reduce la inflamación y adormece la actividad nerviosa. Ambas se recomiendan ampliamente como intervenciones de primera línea para el dolor musculoesquelético. Estos métodos sencillos y accesibles están en consonancia con el abandono generalizado de los opiáceos por defecto, ya que proporcionan alivio sin riesgo farmacológico.
Masaje suave
Como componente clave del tratamiento del dolor en casa, el masaje mejora la circulación, reduce la tensión muscular y estimula la liberación de endorfinas. Los estudios clínicos muestran beneficios para el dolor lumbar crónico y la fibromialgia. Y lo que es más importante, el masaje es una técnica que los pacientes pueden integrar en tratamiento del dolor en la comodidad e intimidad de su propio espacio, reforzando la idea de que una atención eficaz no siempre requiere receta médica.
Estimulación nerviosa eléctrica transcutánea (ENET)
La terapia TENS suministra corrientes eléctricas suaves que bloquean las señales de dolor a nivel de la médula espinal. Las pruebas apoyan su uso para el dolor neuropático y musculoesquelético, con efectos secundarios mínimos. Para los médicos, representa una herramienta práctica para recomendar antes de pasar a las opciones farmacológicas.
Terapia cognitivo-conductual (TCC)
La TCC ayuda a los pacientes a replantearse los patrones de pensamiento inadaptados que amplifican la percepción del dolor, sobre todo en los propensos a la catastrofización del dolor, unarespuesta psicológica en la que los pacientes magnifican las sensaciones dolorosas o se detienen en ellas. Las investigaciones demuestran que la catastrofización es uno de los factores predictivos más potentes del aumento de la intensidad del dolor y la discapacidad, lo que convierte a las intervenciones cognitivo-conductuales en una herramienta crucial en la atención al dolor crónico.
Como subrayó un radiólogo estadounidense de la comunidad Sermo, «las directrices sobre la prescripción de opiáceos se basan en que no son una primera opción y deben prescribirse a la dosis más baja que sea eficaz y reevaluarse en cada visita.» La TCC ejemplifica el tipo de terapia no opiácea que las directrices animan a los médicos a priorizar.
Respiración profunda
Aprender a afrontar el dolor fuera del ámbito clínico suele comenzar con la respiración profunda, que activa el sistema nervioso parasimpático y reduce la amplificación del dolor inducida por el estrés. A menudo se combina con la atención plena o las imágenes guiadas, lo que la convierte en una estrategia gratuita y accesible para que los pacientes aprendan a afrontar el dolor fuera del ámbito clínico.
Obtención de la respuesta de relajación
Técnicas como la relajación muscular progresiva disminuyen la excitación simpática, reduciendo la sensibilidad al dolor. Estos métodos son especialmente útiles para pacientes con síndromes de dolor relacionados con el estrés.
Meditación con imágenes guiadas
La meditación altera la actividad cerebral en las regiones que procesan el dolor, mientras que las imágenes guiadas ayudan a los pacientes a redirigir la atención lejos del malestar. Los estudios de IRM confirman una menor activación en el córtex cingulado anterior durante la meditación, lo que respalda su papel en el tratamiento del dolor crónico.
Atención Plena
Se ha demostrado que la Reducción del Estrés Basada en la Atención Plena (MBSR) mejora la calidad de vida y reduce la dependencia de los opiáceos. Ahora lo recomienda el Colegio Americano de Médicos para el dolor lumbar crónico. Este enfoque también capacita a los pacientes para asumir un papel activo en su recuperación, reforzando la confianza entre médico y paciente.
Yoga y tai chi
Para los pacientes que exploran cómo afrontar el dolor crónico de forma holística, el yoga y el Tai Chi combinan movimiento, control de la respiración y atención plena. Las pruebas demuestran que el Tai Chi reduce el dolor de la artrosis, mientras que el yoga mejora la función en el dolor lumbar crónico. Para los médicos, recomendar estas prácticas puede ser una forma de integrar el alivio natural del dolor en los planes de tratamiento, especialmente para los pacientes que buscan formas de aliviar el dolor sin medicamentos.
Los principales obstáculos para un tratamiento eficaz del dolor
A pesar de los avances en la investigación y las directrices, los médicos siguen enfrentándose a importantes barreras a la hora de tratar el dolor. Estos retos no son sólo clínicos, sino también sistémicos, culturales y relacionales. Uno de los problemas más acuciantes es el gran consumo de tiempo que requiere la atención del dolor crónico.
Un médico estadounidense especializado en medicina del dolor explicó: «Tratar a pacientes con dolor crónico es un reto porque la única medida objetiva de la respuesta terapéutica es la función del paciente. El estado funcional de un paciente sólo puede determinarse mediante una relación de colaboración entre médico y paciente. Por desgracia, esto requiere mucho tiempo, y el modelo de reembolso no apoya ese tipo de atención.»
Esto subraya cómo las limitaciones estructurales -horarios de consulta cortos y reembolsos limitados- socavan la capacidad de prestar una atención integral e individualizada.
Los resultados de la encuesta Sermo reflejan estas realidades: El 34% de los médicos identificó el acceso limitado a los recursos para el tratamiento del dolor como el mayor obstáculo, mientras que el 28% señaló la falta de formación y educación en técnicas no opiáceas. Otros destacaron las limitaciones de tiempo durante las consultas (14%), la preocupación por los efectos secundarios de la medicación (12%) y las restricciones normativas (12%). En conjunto, estos resultados demuestran que los médicos no sólo se enfrentan a retos a nivel del paciente, sino también a lagunas sistémicas que limitan su capacidad para prestar una atención holística.
Una necesidad que a menudo se pasa por alto es el establecimiento de protocolos perioperatorios claros para los pacientes con dolor crónico que reciben tratamientos con agonistas-antagonistas opiáceos. Estos medicamentos complican el control del dolor posquirúrgico y, sin protocolos estructurados, los pacientes pueden experimentar una analgesia inadecuada o una abstinencia involuntaria. Estandarizar los enfoques para estas poblaciones es esencial para garantizar la continuidad de la atención y minimizar los riesgos durante las intervenciones quirúrgicas.
Otro obstáculo es la falta de herramientas de evaluación estandarizadas y matizadas en la práctica diaria. Aunque el dolor es intrínsecamente subjetivo, las herramientas estructuradas como la escalera analgésica y las escalas de dolor siguen infrautilizadas. Un médico de Sermo destacó: «En mi opinión, independientemente de las políticas, es muy importante hacer un uso adecuado de lo que conocemos como escala analgésica, basada sobre todo en una escala de dolor del paciente que tratamos individualmente, asociada al presunto diagnóstico o causa conocida de dicho dolor.» Esto pone de relieve la importancia de adaptar el tratamiento tanto a la experiencia relatada por el paciente como a la etiología subyacente, en lugar de basarse en enfoques de talla única.
Por último, está la dimensión humana de la asistencia. El tratamiento del dolor no consiste sólo en intervenciones y protocolos, sino también en la propia
En conjunto, estas ideas revelan que los obstáculos para un tratamiento eficaz del dolor no se limitan al acceso a las terapias, sino que también tienen que ver con el tiempo, las herramientas y la confianza. Superarlas requiere una reforma sistémica, una mejor formación en técnicas no opiáceas y un renovado énfasis en la relación médico-paciente como base de la atención.
Cómo las disparidades impiden a los pacientes acceder a un tratamiento eficaz del dolor
Las disparidades en el tratamiento del dolor están determinadas por la raza, el nivel socioeconómico, la geografía y las diferencias culturales. Las investigaciones demuestran sistemáticamente que los pacientes negros, hispanos y con bajos ingresos tienen menos probabilidades de recibir un alivio adecuado del dolor en comparación con los pacientes blancos o con mayores ingresos. Los estudios también han encontrado disparidades en los tipos de procedimientos para el dolor agudo que se ofrecen. Por ejemplo, los pacientes pertenecientes a minorías tienen menos probabilidades de recibir anestesia raquídea durante las cesáreas o bloqueos nerviosos periféricos durante las intervenciones ortopédicas, procedimientos que pueden reducir el riesgo de desarrollar dolor crónico. Estas desigualdades en el tratamiento del dolor durante los procedimientos pueden contribuir a la carga desproporcionada de dolor a largo plazo que se observa entre las poblaciones minoritarias.
Los pacientes rurales, por su parte, carecen a menudo de acceso a clínicas del dolor multidisciplinares o a especialistas, lo que les deja con menos opciones más allá de la atención primaria.
Un reto más profundo reside en el modo en que la propia medicina ha abordado históricamente el dolor crónico. Como observó un médico de familia, «una de las principales razones por las que el dolor crónico se ha tratado poco y se ha ignorado durante décadas es que la medicina tiende a trivializar las enfermedades que carece de herramientas para explicar». Esta perspectiva pone de relieve que el sesgo sistémico no sólo tiene que ver con la raza o los ingresos, sino también con la brecha epistémica: cuando la medicina no puede medir o explicar fácilmente una afección, corre el riesgo de descartarla por completo.
Así lo revela una encuesta de Sermo:
- El 59% de los médicos afirmaron que las disparidades raciales y socioeconómicas contribuyen a un acceso desigual al alivio del dolor.
- El 11% identificó las disparidades como la causa principal del tratamiento inadecuado del dolor.
- El 13% creía que las disparidades sólo afectaban a un pequeño número de pacientes.
- El 18% dijo que las disparidades no tienen un impacto significativo.
Estos resultados revelan una profesión dividida en cuanto a la percepción, pero en gran medida alineada en cuanto al hecho de que las disparidades siguen siendo un obstáculo significativo para una atención equitativa. Las diferencias culturales complican aún más el tratamiento. Es posible que algunos pacientes infravaloren el dolor debido al estigma, mientras que otros pueden expresarlo de formas que los médicos malinterpreten. Los prejuicios implícitos pueden llevar a los proveedores a subestimar el dolor en determinadas poblaciones, reforzando los ciclos de infratratamiento.
Por último, las barreras socioeconómicas -como la falta de cobertura del seguro para fisioterapia, TCC o terapias integradoras- implican que incluso cuando los médicos recomiendan estrategias no opiáceas, los pacientes pueden no tener acceso a ellas. El resultado es un sistema en el que las poblaciones más vulnerables suelen tener menos opciones, lo que perpetúa las desigualdades tanto en el alivio del dolor como en la confianza en la asistencia sanitaria.
Superar el estigma que rodea al tratamiento del dolor
El estigma sigue siendo una de las barreras más persistentes en la atención al dolor crónico. Los pacientes a menudo se sienten desestimados, etiquetados como «buscadores de drogas» o incomprendidos tanto por el público como por los profesionales sanitarios. Este estigma no sólo disuade a los pacientes de buscar ayuda, sino que también erosiona la confianza en la relación médico-paciente.
Los enfoques innovadores están empezando a cambiar esta narrativa. Las plataformas de telesalud permiten a los pacientes compartir sus experiencias en un entorno más cómodo, mientras que los dispositivos portátiles proporcionan datos objetivos que pueden validar los informes de dolor de los pacientes. Las clínicas multidisciplinares del dolor, que integran fisioterapia, psicología y cuidados intervencionistas, también ayudan a los pacientes a sentirse escuchados y apoyados por un equipo, en lugar de juzgados por un único proveedor.
Los resultados de la encuesta Sermo subrayan cómo ven los propios médicos el camino a seguir: el 43% afirmó que superar el estigma requiere una combinación de estrategias, como la educación, el diálogo abierto, la concienciación pública y una mayor financiación de la investigación. Otro 28% hizo hincapié en los programas educativos tanto para proveedores como para el público, mientras que el 12% destacó el poder de los relatos de los enfermos de dolor crónico. El 11% apuntó a la financiación de la investigación, y el 6% apoyó las campañas públicas centradas en la empatía. En conjunto, estas respuestas reflejan un fuerte consenso en que el estigma no puede desmantelarse con una sola intervención, sino que requiere un cambio cultural múltiple en la forma de entender y abordar el dolor.
El mismo tema del apoyo integral surgió en otra encuesta, en la que se preguntaba cómo pueden los profesionales sanitarios apoyar mejor a los pacientes que se sienten abandonados por el sistema. Casi la mitad de los médicos (47%) respondieron «todo lo anterior», señalando la necesidad de que la educación del paciente (27%), la defensa de políticas (10%) y los planes de atención personalizada (16%) trabajen conjuntamente. Estos resultados refuerzan que restablecer la confianza no sólo requiere empatía, sino también cambios estructurales y vías de atención individualizada que hagan que los pacientes se sientan atendidos y apoyados.
Combinando educación, empatía e innovación, los médicos pueden ayudar a replantear el dolor crónico no como un defecto de carácter o una debilidad, sino como una afección médica legítima que merece compasión y atención integral.
¿Qué significan para los médicos los nuevos tratamientos del dolor?
El abandono de la atención centrada en los opiáceos tiene profundas implicaciones para los médicos. Ya no se les considera principalmente prescriptores, sino que se espera cada vez más que actúen como educadores, coordinadores y defensores dentro de un modelo más amplio y multidisciplinar de atención al dolor. Esto requiere no sólo experiencia clínica, sino también la capacidad de guiar a los pacientes a través de un espectro de terapias que van mucho más allá de la medicación.
Un miembro del Sermo destacó: «El manejo del dolor crónico es multidisciplinar y el personal sanitario implicado en su manejo debe estar preparado y conocer su fisiopatología, de esta forma podrán administrar las diferentes herramientas en el manejo del dolor, incluyendo psicoterapia, fisioterapia y rehabilitación, tratamiento farmacológico adecuado, siguiendo la escalera analgésica e incluso llegando a bloqueos o infiltraciones, además de probar nuevos medicamentos no opioides que reduzcan la adicción de estos pacientes.»
Esto refleja la evolución del papel de los médicos: integrar diversas herramientas, adaptarlas a las necesidades individuales y garantizar que los pacientes reciban un alivio seguro, eficaz y sostenible. Para muchos médicos, esto significa reevaluar su identidad profesional. El tratamiento del dolor ya no consiste en escribir una receta, sino en dirigir un equipo asistencial que puede incluir fisioterapeutas, psicólogos, especialistas en intervención e incluso herramientas de salud digital como plataformas de telesalud y dispositivos portátiles. Los médicos también deben adoptar el modelo biopsicosocial del dolor, reconociendo que los factores biológicos, psicológicos y sociales conforman la experiencia del paciente.
En última instancia, el papel del médico se está ampliando hacia un liderazgo basado en la empatía: escuchar profundamente, validar las experiencias de los pacientes y ofrecer soluciones que restauren tanto la función como la confianza. Adoptando este enfoque holístico, los médicos pueden ayudar a los pacientes a conseguir resultados a largo plazo, reduciendo al mismo tiempo los riesgos de adicción y dependencia que definieron la era de los opiáceos.
Puntos clave
El tratamiento moderno del dolor ya no consiste en «enmascarar el dolor» con una pastilla. Es un esfuerzo complejo, centrado en el paciente, que requiere:
- Un enfoque multidisciplinar que integra terapias físicas, psicológicas y de intervención.
- Abordar las barreras sistémicas, como la cobertura de los seguros y las lagunas de formación.
- Afrontar el estigma para restablecer la confianza y mejorar la adherencia.
- Aprovechar la tecnología y la telesalud para ampliar el acceso.
Sermo proporciona una comunidad vital para que los médicos compartan estrategias, debatan retos y colaboren en la creación de un modelo más empático y eficaz de atención al dolor. Al participar en estas conversaciones, los médicos pueden liderar el cambio hacia un tratamiento del dolor más seguro y holístico en la era post-opioides.